martes, 28 de febrero de 2017

Asistencia a la Eucaristía (1)




“Estos son justificados por Él gratuitamente”[1]

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CEC 2181 La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana.
Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto.
Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.”

“Si no vas a misa los domingos irás al infierno”. Esta parece ser la interpretación de este número del catecismo para muchos cristianos. Pero es una interpretación que no va al corazón del hombre, que se queda en la ley, como los fariseos hacían en el antiguo Israel.
Para entender la profundidad de este mandato de la Iglesia es necesario entender lo que realmente es el pecado y, más concretamente, el pecado mortal y las consecuencias que tiene en el hombre.

¿Qué es el pecado?
Dice el Catecismo de la Iglesia (CEC 1850) que el pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”.

¿Cuándo se considera un pecado como pecado mortal?
Sigue diciendo el Catecismo “Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento”[2]. Es decir, "el pecado mortal requiere plena conciencia y entero consentimiento.”[3] Resumiendo, el pecado mortal es aquel que se comete por una elección deliberada del mal (cf. CEC 1860).



 En este nuestro mundo postmoderno, el mundo de la post-verdad: donde mi opinión debe ser respetada, enarbolando la bandera de la libertad de expresión, pero la tuya puede ser pisoteada y ninguneada. En esta época en la que no hay verdades absolutas, en que lo trascendente queda en la arqueología de las antiguas civilizaciones, donde solo se mira al cielo para ver si va a llover, ¿cómo pedir a la gente que vaya a Misa?

El pecado, en este momento de la historia que nos ha tocado vivir, va mucho más allá de no ir a Misa un domingo. Eso solo es la punta del iceberg. Y si nos limitamos a condenar ese pecado no estamos ayudando a nadie. El pecado está en el rechazo a Dios, en apartarlo de nuestras vidas, en buscar nuestra propia comodidad, y el no ir a misa es solo uno de los síntomas, que no se soluciona con una obligación condenatoria.

¿Por qué las Iglesias están cada día más vacías? ¿Por qué solo se llenan (y dando gracias) cuando hay primeras comuniones, bodas o funerales? ¿Por qué en esos eventos hay grandes filas de fieles para ir a comulgar? ¿No es más grave esto que la no asistencia a Misa[4]?

Considero que no es la condenación en vida lo que salvará a los cristianos de hoy de fuego del infierno, sino el amor. Cuando uno descubre el verdadero significado de la Eucaristía, cuando se experimenta el derroche de amor que significa, no puede vivir sin alimentarse del “Pan del Cielo”. Por lo tanto, es necesario enseñar a los fieles la riqueza de la Eucaristía, retomar las catequesis mistagógicas de los primeros siglos. Enseñar que “cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y se realiza la obra de nuestra redención”[5]. ¿Cómo puede haber vida cristiana sin nutrirse con la Eucaristía? ¿Cómo avanzar en nuestra fe si no se realiza en nosotros la obra de la redención de Cristo?



 Solo al tener la experiencia que en la Eucaristía está realmente Cristo presente entregándose por ti, surge la necesidad de “ir junto a Él”[6]. Porque ir a Misa por “obligación” no es lo que pretende la Iglesia con este mandato, sino remarcar la importancia para el cristiano que tiene el asistir a Misa.

Esta obligación surgió en la Iglesia para preservar el tesoro más grande que posee, el mismo Cristo hecho pan. Por eso más formación y menos condenación.


Continuará... 




[1] Romanos 3, 24
[2] CEC 1857
[3] CEC 1858 - 1859
[4] 1 Co 11, 27-29 “Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación.
[5] Eclesia de Eucaristia 11
[6] Marcos 3, 13