jueves, 4 de agosto de 2011

Catequesis de Juan Pablo II sobre los salmos

Antes de comenzar el comentario de los salmos y cánticos de las Laudes, completamos hoy la reflexión introductoria que iniciamos en la anterior catequesis. Y lo hacemos tomando como punto de partida un aspecto muy arraigado en la tradición espiritual: al cantar los salmos, el cristiano experimenta una especie de sintonía entre el Espíritu presente en las Escrituras y el Espíritu que habita en él por la gracia bautismal. Más que orar con sus propias palabras, se hace eco de los  ʺgemidos inenarrablesʺ de los que habla San Pablo160, con los cuales el Espíritu del Señor impulsa a  los creyentes a unirse a la invocación característica de Jesús: ʺ¡Abbá, Padre!ʺ

Los antiguos monjes estaban tan seguros de esta verdad, que no se preocupaban de cantar los salmos en su lengua materna, pues les bastaba la convicción de que eran, de algún modo,  ʺórganosʺ del Espíritu Santo. Estaban convencidos de que por su fe los versículos de los salmos les proporcionaban una  ʺenergíaʺ particular del Espíritu Santo. Esa misma convicción se manifiesta en la utilización característica de los salmos que se llamó ʺoración jaculatoriaʺ – de la palabra latina  “iaculum”, es decir,  dardo – para indicar  expresiones salmódicas brevísimas que podían ser ʺlanzadasʺ, casi como flechas incendiarias, por ejemplo contra las tentaciones. Juan  Cassiano, escritor que vivió entre los siglos IV y V, recuerda que algunos monjes habían descubierto la eficacia extraordinaria del brevísimo incipit del  salmo 69:  ʺDios mío, ven en mi auxilio;
Señor, date prisa en socorrermeʺ, que desde entonces se convirtió en el pórtico de ingreso de la Liturgia de las Horas.

Además de la presencia del Espíritu Santo, otra dimensión importante es la de la acción sacerdotal que Cristo realiza en esta oración, asociando a sí a la Iglesia su esposa. A este respecto, precisamente refiriéndose a la Liturgia de las Horas, el concilio Vaticano II enseña:  ʺEl sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Jesucristo (...) une a sí toda la comunidad humana y la asocia al canto de este divino himno de alabanza. En efecto, esta función sacerdotal se prolonga a través de su Iglesia, que no sólo en la celebración de la Eucaristía, sino también de otros modos, sobre todo recitando  el Oficio divino, alaba al Señor sin
interrupción e intercede por la salvación del mundo enteroʺ

También la Liturgia de las Horas, por consiguiente, tiene el carácter de oración pública, en la que la Iglesia está particularmente implicada. Así, es iluminador redescubrir cómo la Iglesia fue definiendo progresivamente este compromiso específico suyo de oración realizada de acuerdo con las diversas fases del día. Para ello es preciso remontarse a los primeros tiempos de la Sacrosanctum Concilium, 83. 86 – orientaciones para los salmistas comunidad apostólica, cuando aún existía un estrecho vínculo entre la oración cristiana y las así llamadas ʺplegarias legalesʺ – es decir, prescritas por la Ley de Moisés – que se rezaban en determinadas horas del día en el templo de Jerusalén. El libro de los Hechos de los Apóstoles dice que  ʺacudían al templo
todos los díasʺ  o que ʺsubían al templo para la oración de la hora nonaʺ

Y, por otra parte, sabemos también que las  ʺplegarias legalesʺ por excelencia eran precisamente la de la mañana y la de la tarde. Gradualmente los discípulos de Jesús descubrieron algunos salmos particularmente adecuados para determinados momentos del día, de la semana o del año, viendo en ellos un sentido  profundo en relación con el misterio cristiano. Un testigo autorizado de este proceso es san Cipriano, que, en la primera mitad del siglo III, escribe:  ʺEs necesario orar al inicio del día para celebrar con la oración de la mañana la resurrección del Señor. Eso corresponde a lo que una vez el Espíritu Santo indicó en los Salmos con estas palabras: Rey mío y Dios mío. A ti te suplico, Señor, por la mañana escucharás mi voz, por la
mañana te expongo mi causa y me quedo aguardando. Luego, cuando se pone el sol y declina el día, es preciso hacer nuevamente oración. En efecto, dado que Cristo es el verdadero sol y el verdadero día, en el momento en que declinan el sol y el día del mundo, pidiendo en la oración que vuelva a brillar sobre nosotros
la luz, invocamos que Cristo nos traiga de nuevo la gracia de la luz eternaʺ

La tradición cristiana no se limitó  a perpetuar la judía, sino que innovó  algunas cosas, que acabaron por caracterizar de forma diversa toda la experiencia de oración que vivieron los discípulos de Jesús. En efecto, además de rezar, por la mañana y por la tarde, el Padrenuestro, los cristianos escogieron con libertad los salmos para celebrar con ellos  su oración diaria. A lo largo de la historia, este proceso sugirió la utilización de determinados salmos para algunos momentos de fe particularmente significativos. Entre estos ocupaba el primer lugar la oración de la vigilia, que preparaba para el día del Señor, el domingo, en el cual se celebraba la Pascua de Resurrección. Una característica típicamente cristiana fue, luego, la doxología trinitaria, que se añadió al final de cada salmo y cántico: ʺGloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santoʺ. Así cada salmo y cántico es iluminado por la plenitud de Dios.

La oración cristiana nace, se alimenta y se desarrolla en torno al evento por  excelencia de la fe: el misterio pascual de Cristo. De esta forma, por la mañana y por la tarde, al salir y al ponerse el sol, se recordaba la Pascua, el paso del Señor de la muerte a la vida. El símbolo de Cristo  ʺluz del mundoʺ es la lámpara
encendida durante la oración de Vísperas, que por eso se llama también lucernario. Las horas del día remiten, a su vez al relato de la pasión del Señor, y la hora Tertia también a la venida del Espíritu Santo en entecostés. Por último, la oración de la noche tiene carácter escatológico, pues evoca la vigilancia
                                             
Al hacer su oración con esta cadencia, los cristianos respondieron al mandato del Señor de ʺorar sin cesarʺ, pero sin olvidar que, de algún modo, toda la vida debe convertirse en oración. A este respecto escribe Orígenes:  ʺOra sin cesar quien une oración a las obras y obras a la oraciónʺ

Este horizonte en su conjunto constituye el hábitat natural del rezo de los  salmos. Si se sienten y se viven así, la doxología trinitaria que corona todo salmo se transforma, para cada creyente en Cristo, en una continua inmersión, en la ola del Espíritu y en comunión con todo el pueblo de Dios, en el océano de vida y de
paz en el que se halla sumergido con el bautismo, o sea, en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Catequesis de Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 4 de abril de 2001.